El verano era una empresa

Por Alessandra Carrión


Hoy quise escribir acá en la cama. Varios días de la semana trabajo en casa, uso mi escritorio todo el día. Hace un mes me compré un segundo escritorio, si tuviera más espacio me compraría un tercero y un cuarto. Este nuevo escritorio lo acondicioné únicamente para escribir y para poner el codo ocasionalmente. Pero hoy anhelaba escribir en la cama, que suceda algo aquí. Abrir la laptop vieja, la que no es del trabajo. La que tiene lucecitas en el teclado y huele a rostizado, la que me quema todo el muslo. Me encanta sudar y sentir que mi cuerpo hace algo. 

El verano lo tengo aquí en esta laptop, hacía esto todo el día. Me levantaba, la prendía, la samaqueaba de un lugar a otro como si manejara una empresa o fuera una chica realmente apurada. Sin duda el verano era una empresa. Escribía poesía sentada en una sillita playera que tenía donde ahora está el nuevo escritorio. Traía la laptop a los pies de la cama y me ponía a escribir boca abajo mientras tomaba mi jugo que desayunaba todos los días sin falta. Mi cuarto y mi verano olían a plátano, dejaba el vaso usado aquí horas porque se sentía urgente escribir. Menos mal lo hice. 

Este verano aprendí a escribir poemas largos, a usar superlativos sin caerme espesa. Suavísimo, lindísimo, tontísima. Usaba shorts y botas todos los días, me propuse no ponerme un solo pantalón hasta que terminara el verano. Se convirtió en una cábala más, como lo es todo lo que alguna vez funciona. Me iba al parque Castilla a escuchar música y a rezar y pedir. Creo que nunca agradecí, pero es que todo ya sucedía. Mirando hacia atrás, todo sucedía. Fue como tener una última pubertad, un último calor antes de quemar. Nunca agarré un broceado bueno, eso sí, pero aproveché la pinta que me daban mis lentes fotosensibles. Cuánto lucré con ese sol.  

Escuchaba Cámara Lenta de Javiera Mena todos los días y la compartía como si fuese un milagro. Los audífonos se me rompían todas las semanas. Gasté mucha plata en audífonos baratos, no sabía llenar la tarde sin unos. En ese entonces, todavía iba al menú de la vuelta. La señora de la caja y la mesera parecían muertas en vida. Tenía unas ganas tremendas de que tomen un poquito de sol, que hagan algo. Su falta de emoción me espantó y no volví más. Tampoco regresé porque ese lugar ya no era sagrado para mí, empecé a comer en el menú de al frente.  

Yo creo que tanta gelatina me hizo crecer. Diario me zampaba como diez de esos vasitos de plástico que separaban en mi casa en vez de preparar un Pírex grande, queríamos ser justos con las porciones. Comí tanta gelatina y por eso crecí, por eso empecé a recibir mi CTS meses posteriores al gran último verano. 

Había mucha vida y recuerdo las tonteras que hablaban los amigos. Lo loras que nos poníamos y lo mucho que nos contentaba narrarnos nuestros días, lo innecesario del peso de mi morral. Eras la señora de la casa a tus veintes, tu sala estaba llena de recuerditos y cosas tuyas. Nunca me quería ir. Te contaba que los sábados veía películas y compartía algunas conversaciones que tenía luego de las funciones. Tu opinión lo hacía más divertido. Íbamos al café entre semana muy seguido. Me encantaba, no debí comer tanta gelatina.   

Confieso que a veces ni me importaban las películas. Me hubiera dado roche admitirlo frente a los compañeros apasionados, pero yo ya estaba en otra. Estaba escribiendo un guion, pero no podía ver películas tranquila porque el cine no me importaba más. Me gustaba, más bien, ver las fotos que me tomaban. Me veía como las chicas de las películas, levantaba los brazos y mi abdomen no se enfriaba con nada. Era imposible usar casaca. Ver fotos era más fácil que ver películas y escribir una se sentía como querosene. 

Siempre notaba cuando se acercaban con la cámara. A veces posaba para verme bien pero la mayoría de veces abría toda la boca como si quisiera gritar. Nunca grité. No sé muy bien por qué la cámara causaba ese efecto en mí. Me encantaba verme y preguntarme si alguien en verdad pensaba que era una gritona, porque nunca grité. Lo que sí me empezó a molestar fue cuando compartía las fotos y le parecía atractiva a alguien, esa figura no me entusiasmaba como la del grito. No puedes ver una chica congelada y no preguntarte qué estaría gritando o a quién, la reacción masculina me hacía querer gritar de verdad. 

Dios mío, lo apuraba que estaba y lo poco que tenía que hacer a las cuatro de la tarde. En las noches me mataba de la risa o estudiaba para mi máster. Por eso tal vez me recuerdo apurada. Tenía exámenes, por eso vivía con la laptop pesadísima de arriba abajo conmigo.  Tal vez ni siquiera escribí poesía, solo me sentí así. Tenía tareas y reuniones grupales, clases. Tenía obligaciones. Aun así, se sentía como si hubiera tenido tiempo. No sabría dar una opinión, pero también se sentía como si tuviera que acabar.  

Lo que sí tengo clarísimo fue cómo empezó. Quería algo. Me compré una pita negra y una hebilla, todo el verano la usé de collar. Tuve variantes de la creación porque tuve que cambiar de segurito muchas veces. Se me caía cuando levantaba los brazos, me bañaba con ella. Desde el primer momento que la usé todos me empezaron a querer a horrores. Me preguntaban qué iba hacer el viernes. Me asusté, ya no la uso más. 

De todos modos, recuerdo haber querido a montones algo cada día. Patinaba y avisaba dónde iba a estar, me fue a ver un amigo una vez. Toqué toda la madera de mi calle, debí tocar más. Deseaba con todo mi corazón, no me acuerdo qué. No pasó, eso sí lo tengo fresco. Pasó un ratito, pero luego ya no. Todo sucedía tanto que esto también tenía que hacerlo. Mis patines siguen en la mochila. 

El cineclub no tenía sillas y dejaba mi mandala todas las semanas porque sabía que iba a regresar. Estoy casi segura de que ya la perdí.