Disco Inferno: la banda caleta que deberías escuchar

Por Gianfranco Castro

Entiendo perfectamente que aseverar que tal o cual cosa “me salvó la vida” es de lo más cliché y trillado que puede haber. Y definitivamente es muy cierto que en cuestiones de gustos y colores no hay per sé una métrica objetiva de lo que constituye “lo mejor”, a pesar de los incontables críticos supuestamente doctos en la materia que afirman tener todas las respuestas. Sin embargo, hoy acudo a este formato de puño y teclado para esparcir la buena nueva de una banda que, sin miedo a lo mencionado al inicio, le mejoró infinitamente la vida a quién escribe estas líneas, con su música convirtiéndose en un acompañante perenne y fiel durante un tiempo de cambio y reinvención: Disco Inferno. Ello es sumamente apropiado, ya que la banda en cuestión construyó su identidad entera, su “ethos” si se quiere, en reinventar la música rock, llegando así a instaurar (junto con bandas contemporáneas como Bark Psychosis, otro conjunto genial) lo que ahora se conoce como “post-rock”. Esta banda, formada por tres muchachos veinteañeros de Essex, llegó a un nivel inigualable durante su corta pero fructífera existencia, logrando adelantarse al mundo post moderno, hiper conectado, y sumamente convulsionado que vivimos en este siglo veintiuno, con casi una década de anticipación.
El afán de descuadrar a la audiencia comienza con la elección del nombre del proyecto, el cual, irónicamente, llega a trascender la asociación inicial para pasar a ser algo sumamente icónico y memorable. Disco Inferno. Sí, la famosa canción disco que en otras épocas encendió mil y una pistas de baile con un ritmo pegadizo y altamente bailable. “Burn, baby, burn”. Que un grupo inicialmente devoto a un sonido semejante a Joy Division (si Bernard Sumner hubiera sido reemplazado por Vini Reilli de The Durutti Column) haya escogido tal nomenclatura es algo que causa intriga, sin duda. Y aquella primera identidad sonora, mejor reflejada en sus primeros trabajos, les hubiera bastado para sumarse a las incontables filas de agrupaciones post punk inspiradas por los 4 de Manchester, con uno que otro momento notable. Pero fue a partir del EP Summer’s Last Sound/Love Stepping Out donde realizaron un salto cuántico pocas veces visto. A partir de este punto, sonidos tales como notas de guitarra acústica arpegiadas hasta sonar como arpas, riachuelos corriendo, aves cantando, flashes de fotografía, samples de MBV o bandas sonoras de programas infantiles, solo por mencionar algunos, invadirían las canciones de este grupo, con la mezcla resultante sobrepasando cualquier concepto previo de lo que conocemos como “música”.


Si de por sí ese material primigenio, recopilado en In Debt daba ciertos atisbos de experimentación sonora, una obsesión con lo repetitivo/hipnótico  (destacando en particular la preferencia por las guitarras con delay y arreglos circulares, como en su excelente canción Next In Line) y algo de potencial, los EPs que le seguirían tirando todo eso por la borda y van directo a una propuesta totalmente inigualable, que pareciera menos surgida del Reino Unido noventero post-Thatcher y más de alguna realidad alternativa. Una transmisión, como sugiere el distintivo logo (¡¡¡pre Wi-Fi!!!) de 3 líneas partiendo de un círculo superpuesto sobre fotografías de la naturaleza (el cual se volvió su sello visual por excelencia desde el excelente EP The Last Dance), proveniente de otro mundo, o de algún punto no específico del futuro.

Procedo con un análisis en desorden de la discografía de la banda. Scattered Showers es una canción que empieza con un sonido como de motocicleta, sugiriendo quizás el inicio de una canción frenética o brutalmente veloz. En vez de ello, lo que sigue es desolador, conjurando una atmósfera serena, extraña y hermosa. Capas de capas de arpegios de guitarra, que de alguna forma logran conjurar las titulares lluvias torrenciales. Notas de piano que sugieren algo de suspenso o tristeza. Un sonido como de moscas o langostas del apocalipsis, mezclado de forma sensorial con el resto de la instrumentación. Quizás también la letra más críptica de la banda, evocando una oscura compañía, autos perdidos o caídos de un acantilado, una conspiración surreal. 

Usualmente, el letrista, cantante y guitarrista MIDI, Ian Crause, suele escribir versos descomunalmente reflexivos y profundos sin llegar a ser pretenciosos. Tiene un talento para invocar imágenes y sensaciones de una profunda melancolía y resignación, llegando sin embargo a lograr transmitir un mensaje, una tesis si se quiere, esperanzadora. De resiliencia ante lo absurdo de la existencia moderna. En canciones como It’s A Kid’s World, hablando de la mediocridad de la existencia adulta actual, rescatando siempre la importancia de la inocencia y la imaginación. No solamente con palabras, sino con la misma composición sonora de la canción. El beat principal es un sample ralentizado de Lust for Life de Iggy Pop, la canción incorpora jingles antiguos de programas infantiles de los años 60. El resultado es algo que roza el pop, pero que llega a una instrumentación pegajosa a través de una ruta no usual. Y, si bien cada canción es reconociblemente “disco-inferniana”, ninguna es igual a la otra dentro de su canon.

Sonidos de flash de cámara usados como el ritmo de una canción, en la excelente y monumental Second Language, que le da nombre al mejor EP de la banda. The Atheist’s Burden, una canción que, a pesar de su título, contiene letras que invitan a refutar el pesimismo y encontrar el sentido de la vida. La poesía observacional que raya en lo literario de Summer’s Last Sound, relatando un kaleidoscopio de muerte, miseria y miedo al rítmico sonido de las aves gatillado por las pastillas de una guitarra. Love Stepping Out, una canción que suena angelical, pero cuya temática es la violencia doméstica y la mentalidad narcisista de un abusador. A Little Something, donde un riff que, extrañamente, recuerda a Oye Mi Amor de Maná remotamente, desemboca en algo que se podría describir como un colapso mental en forma sonora, aunado con las letras neuróticas que acompañan la melodía, con el uso un sample de alguien diciendo “one, two, three… where was I???” como línea de bajo. Una turba vociferando “no more war!!!” usada como un sample para apuntalar los futuros perdidos descritos en la avasalladora The Last Dance, donde un ritmo similar al de un reloj sostiene uno de los mejores singles que nunca fueron de los 90s (la banda hizo un remix “bailable” llamado The Long Dance, pero no llegaron a lanzarlo como sencillo). Un collage sonoro de gatos, botellas rompiéndose, Edith Piaf distorsionada hasta la ridiculez y sonidos de sirena al ritmo de un anacronístico charleston en A Night On The Tiles. Lost In Fog, una canción que evoca los últimos desvaríos de Vladimir Komarov, único tripulante del fenecido Soyuz 1. Esa es un poco de la ecléctica variedad de temáticas y atmósferas tan dispares pero logradas que solían producir.

Además de la límpida colección de EPs mencionada anteriormente, la obra cumbre de Disco Inferno viene a ser su segundo álbum, irónicamente titulado D.I. Go Pop. Una frenética canción del mismo nombre que apareció en un EP anterior no fue incluida en el álbum que la lleva por título, pero el longplay resultante es uno de los más extraños pero visionarios trabajos sonoros del final del siglo pasado. El primer sonido que asalta al oyente apenas empieza el álbum es el sonido de un riachuelo loopeado hasta sonar, casi casi, como una cloaca o como un toilet después de jalar la cadena. Luego empieza un ritmo casi de jazz, una batería con swing y un bajo simple pero rítmico. De pronto, la batería explota y el bajo se torna amenazadoramente feroz. El riachuelo sigue sonando de fondo. Las letras describen un estado de paranoia, de sentirse observado milimétricamente por el gobierno. Después de un breve retorno al ritmo original, la canción regresa a la explosión sonora, y el cantante empieza a recitar textualmente un artículo de The Observer de 1993, donde se destapa que el gobierno de Margaret Thatcher financió e incluso entrenó al Khmer Rouge de forma subrepticia. In Sharky Water. Luego, sonidos dispares de campanas con una estructura que recuerda al dúo de IDM de Warp Records, Autechre, en la canción New Clothes for the New World. Un obsesivo y disonante collage de sonidos de cámara en la desconcertante Starbound: All Burnt Out And Nowhere To Go. Sonidos de llantas chirriantes, un bajo distorsionado, vidrios rompiéndose y letras sobre la peligrosidad de la conducción en A Crash At Every Speed. Serena guitarra que evoca la costa en Even The Sea Sides Against Us. Una lúcida condena a la inacción de la religión y el arte frente a los avances tecnológicos y una realidad que no cambia en la excelente canción Next Year, proveniente de su época post punk anterior, pero mutilada de percusión y provista de extraños ruidos electrónicos junto con un bajo circular. Un relato de revolución y el miedo a la bomba atómica (mediante el uso de alarmas anti bombas) en A Whole Wide World Ahead. Y, finalmente, un réquiem para un futuro que nunca fue en Footprints In The Snow, una desoladoramente triste canción que da un cierre gentil y conmovedor a un álbum que se constituye como un descomunal larga duración para una banda relativamente novicia. Un “sophomore album” que logra vislumbrar la psicosis actual que domina el mundo moderno, a punta de sonidos estremecedores y composiciones inusuales.

No hay cómo describir lo increíblemente “verídico” que resulta escuchar las líneas “and just to make sure you never wake up/from twenty five years in an office job…” de la anteriormente mentada A Little Something sentado en una silla de oficina, en un trabajo que odias, esperando ansiosamente la hora de salida, anhelando estar en cualquier otro lugar. O lo conmovedor del final de The Last Dance: “… but now my eyes point ahead, away from the ghosts of the dead” combinado con un florecimiento de sintetizadores que evoca una especie de aprobación serena desde el más allá, después de una canción entera dedicada a desmenuzar punto por puntos los fallos de la humanidad hasta el momento con lenguaje poético y reflexivo. Lo motivante de oír las líneas finales de The Atheist’s Burden “but if you get up real early, say 4:30, and look around/you’ll see the world before the cynics have gotten out of bed” estando insomne precisamente a la hora mencionada en la canción, buscando el sentido de la vida. La forma en como la canción Sleight of Hand te hace bailar con una temática basada en el engaño de los juegos de azar. La obstinada y perseverante repetición de A Rock To Cling To (que incluso contiene un inesperado pero importante sample de la guitarra lúdica de Adrian Belew en Born Under Punches del Remain In Light de Talking Heads) que refleja la temática de resiliencia y supervivencia impregnada en la lírica. La desilusión de la desconexión comunicativa y sentimental mezclada con una febril esperanza de Second Language, cuya tesis es “el amor es un segundo idioma, y resulta que vivimos en Babel”. Cito las siguientes líneas de dicha canción: “when all you’ve seen is people’s pain/it’s hard to feign surprise/and we just smile”.

El grupo desapareció casi tan rápido como se formó. Technicolour, el tercer longplay de la banda, salió con un año de retraso debido a problemas financieros y la creciente desconfianza de Rough Trade en que los tres de Essex serían capaces de producir finalmente un hit, después de años de reverencia por parte de la crítica especializada, pero silencio radial del público general, confirmados por el fracaso financiero de dicho álbum. Posteriormente la banda se disolvería, y el líder se mudaría a Sudamérica, específicamente Bolivia, donde reside hasta la actualidad. Bandas tales como MGMT los han citado como importantes influencias en su sonido, e incluso incluyeron la excelente Can’t See Through It en su compilación Late Night Tales. Sin embargo, el grupo permanece mayormente desconocido, como una transmisión oculta esperando ser redescubierta por algún suertudo oyente. Y ese podrías ser tú. Cierro con una línea de la canción mencionada anteriormente, la cual, considero, resume de forma sucinta el mensaje de la banda, y aquello que los hace tan adelantados a su época:
 
“Nothing can touch us/’Cause everything in us/Is digital code”.
 
A continuación, los dejo con un video que hice con Footprints in the Snow en mi canal sunsetman22, utilizando la adaptación del año 1936 de la novela Things to Come de H.G. Wells. Una mirada hacia un futuro perdido, al igual que la canción.