Por Alessandra Carrión
Estos últimos meses me he convertido en una solitaria muy bien acompañada. Los lunes me despierto a las siete de la mañana y empiezo a trabajar hora y media después desde mi escritorio presidencial en Lince como tanto me gusta. Prendo mi computadora, veo imágenes todo el día. Detrás mío tengo lo que todavía me encanta más: mis libreros tan nobles que soportan toda la cochinadita que me fascina meterme. Mis libritos nuevos, mis libritos viejos, mis discos de cuando Phantom todavía vendía música, mis muñequitos que me he conseguido poco a poco en la feria del jueguete. Qué bestia esa época en la que se encontraban Ternurines en la casa del pueblo.
Voy al campus un solo día a la semana; ese es mi día social y ahí aprovecho para hacer todo. Veo a los alumnos con sus maquetas ocupando espacio en el comedor, voy a la maquinita a hacer mi pausita activa y luego me regreso a mi casa compartiendo camino con una compañera de trabajo con la que la Javier Prado se hace más buena. Dejo mis cosas y con las mismas me voy al centro cultural. Trato de aprovechar esos días presenciales para ir al cine con mi amigo que se presta para sentarnos debajo del proyector. Trato de que el señor proyeccionista me conozca, paso frente a su ventanita con mi cuello estirado a más no poder para que me vea el rostro y sepa que fui al cine y que estoy abajo de esa luz con polvo que tanto nos cambia la vida. No sé por qué quiero eso.
Los viernes llegan ahí nomás y son los días más bienvenidos de mi semana. Nadie cocina, almorzamos menú. Nos sentamos casi siempre en la misma zona del local y nos atiende la misma mesera que no me quiere dar refresco cuando pido a la carta. Es muy rígida y al inicio me daba cólera que me negara mi maracuyá cuando optaba por pedirme mi pollo saltado ejecutivo, pero luego la entendí. Claramente ella sigue las órdenes al pie de la letra y no le gusta ganarse pleitos con sus jefes por huevadas. Yo era así en el colegio, media quedada. No digo que ella lo sea, pero definitivamente yo trataba de ahorrarme la fatiga y no darle la oportunidad a alguien para gritarme. Ahora me gusta que me griten, pero eso es otro chiste. Volviendo al tema, yo ya no hago esa huachafada de pedir platos a la carta porque no quisiera que me recuerden así. Ahora solo lo que hay en la pizarra.
Luego de almorzar los viernes, me tiro a la cama y después me voy al centro. Casi siempre al centro porque todas las semanas me fuerzo a necesitar algo de ahí, aunque así no sea en realidad. Me compro libros donde mi casera que ya sabe lo que me gusta, voy a La Polilla porque el señor de ese puesto tiene una poesía buenaza y maneja muy bien mis cambios identitarios. La última vez que fui adopté el papel de diseñadora orientada a la publicidad, pero antes he sido poeta orientada al hambre y antes cineasta orientada a cerrar los ojos. En la noche visito a mis primos y mi tío suele sacar un ron. Me gusta estar ahí y no en otro lado.
Así terminan mis viernes. Ya no acepto inocentes planes con chicos como antes, ya no me meto en la boca de lobo ni doy el beneficio de la duda. Los sábados miento. Digo que voy a ir y no voy. Me disculpo desde mi sillón donde escucho a Miguel Bosé bien extasiada mientras digiero mi chifita del almuerzo y me pregunto si me van a disculpar mis amistades por haber aparecido por última vez hace meses. Recuerdo mi último encuentro con cada uno de ellos y, si me esfuerzo un poco, puedo recordar también la fuerza con la que miré el sillón antes de salir de mi casa en cada una de esas últimas ocasiones.
Compartir los taxis en la madrugada, lucir mi ropita bacán por la ciudad, sentir esas tonteras que a uno le gusta. Que los chicos se me queden mirando como pavos, preferir a los que me mirasen con rencor. Que no pase nada, que algún buen amigo me acompañe a mi casa y yo abrazarlo y decirle que tenemos que vernos más y hacer más planes en el camino. Que sí pase algo, llegar a mi cuarto a pensar. Despertar los domingos feliz y mortificada al mismo tiempo para luego ir al santísimo a pedir que todo salga bien porque soy creyente. Qué horrible el olor del cigarro en los sitios incorrectos, qué feo es Miraflores, qué tonta fui en Magdalena.
Ahora soy una vaga que no le gusta acompañar a nadie a hacer sus cosas, salgo estrictamente si es que yo lo necesito. No me enorgullece, tampoco me molesta. Es un alivio aceptar que uso la maestría como excusa y que soy una chica floja que goza escuchando a Miguel Bosé en el sillón donde antes le hacía ilusión recibir visita. Qué suerte que existen los sueños y el internet. Sueño mucho, eso no puedo dejar de hacer aunque quiera. Sueño que me quieren, sueño que me caigo, sueño que estoy en mi sillón. Hablo con algunos amigos por mensaje y con uno me carteo por correo, tengo mis asesorías del máster por Zoom.
Me gusta ir a los outlets de Adidas y buscar casaquitas chéveres para ponerme en mi casa, me pinto los ojos y veo Betty La Fea todos los días. Sí salgo a la calle, solo que no voy a los sitios donde voy a encontrarme con alguno de ustedes. No piso Communitas un viernes ni el cineclub un sábado porque prefiero evitarme la fatiga de que todos nos miremos, sonríamos y seamos felices. Ya están pasando suficientes cosas caóticas en la ciudad como para yo agregar las mías. No sé.
De todas formas, no quisiera quedar como una vil alzada que no quiere aparecer, es más complejo. Es que no tengo tiempo y, si no hago mi digestión tranquilita en mi sala, después tengo que poner la tetera, sentarme a esperar que hierva el agua y luego pararme de nuevo a hacerme mi anís estrella. De tan solo pensarlo, sudo. Mentira, disculpa, es que estoy haciendo un máster y estoy muy ocupada.
Lo que sí tengo son ganas de hacer dos cosas muy puntuales cuando haya un poquito más de confianza: almorzar un viernes con el proyeccionista y llevar a ver una película a la chica del menú.