Por Alessandra Carrión

0. Apertura. Un niño se presenta. Camina entre los riachuelos, la película blanco y negro cambia de formato y, con un canto, entra a color para romper con imágenes del agua que casi igualan su frecuencia. Este es el inicio de un viaje complejo y audaz que no solo le da su lugar a la mitología amazónica en el cine sino que lo hace recibiéndola en un cine multidimensional que se pasea conchudamente sobre las posibilidades de sus elementos. Punku narra la historia de Iván, un niño que pierde el ojo en circunstancias misteriosas que encuentran explicación en los relatos orales de la selva peruana, específicamente Quillabamba, que es dónde la historia toma lugar.
Iván desaparece, es encontrado y rescatado en el río por Meshia, una chica desconocida que le da cuidado y acompaña incluso después de reencontrarlo con su familia, años posteriores. En el hospital, con Meshia, es con quien empieza una filmación más convencional con cámara digital. De hecho, Meshia es este personaje bastante más convencional que da contraparte a Iván, naturalmente difícil de descifrar por estar bajo la presencia del Chullachaqui. Esta dualidad tiene la película, luego alimentada también por el entorno de Meshia, que postula a un concurso de belleza: nada más frívolo que premiar la apariencia. Es esto lo que me permite entrar a las capas, aporte valioso de la película.
En la capa más honda se encuentran estas criaturas mitológicas que tienen lugar en una dimensión espiritual invisible al ojo común. En lo más superficial, mas no ridiculizado ni mucho menos, tenemos todo lo que encierra el Miss Sirena. Molero hace dialogar estos dos entornos y preserva credibilidad sin caer en dramatizaciones exotizantes del género ya que, al fin y al cabo, estas leyendas existen desde casi siempre. No es sino la destreza con la que se construyen estas capas lo que delata el amor de Molero por el cine, cada formato de película tiene su razón de ser. La imagen digital tiene lugar en el plano terrenal del relato, en el que tanto los personajes como nosotros podemos ver y entender bajo una lógica común. De ser macheteada la obra y completada con alguito más, con estos fragmentos tal vez se podría armar una película de género bastante correcta, pero “correcto” no basta para que un portal se abra.
El plano espiritual se filma con película que transita entre el color y el blanco y negro, alternando entre formatos de 8 y 16 mm. La película análoga no solo soporta luz y movimiento sino también demonios, duendes y leyendas. Si bien no propone en sí misma, parámetros ortodoxos que determinen el uso de estos distintos tipos de películas, hay una sensibilidad por las terminaciones nerviosas de lo visible. Imágenes afiebradas que guían y dan forma a estos espacios completamente oníricos y subjetivos. Estos planos, incluyendo el tercero que aguarda el internet y sus extravagancias, funcionan en una atmósfera fuertemente marcada por la observación.
Siempre hay algo o alguien viendo. Si es que no es a través de la mirada omnipresente de una entidad inmaterial, la vigilancia toma forma de hombre que mira entre los probadores de ropa o ensayos de baile de las candidatas. Si es que no es a través de estos lentes, somos nosotros al tomar el lugar de usuario de internet y los personajes directamente performar para nosotros. La película se cimenta sobre esta sensación de constantemente ser perseguido por un ojo y, a su vez, convive con elementos muy bellos.
Lo femenino, la apariencia, la naturaleza. Hay una secuencia de una coronación, por ejemplo, que es completamente un sueño: las lentejuelas, el turquesa, el agua, la cantante, el filtro de ensueño, la música que recuerda a una joven Laura Palmer entrando a Twin Peaks con su pioner, chicos musculosos levantando a las candidatas seleccionadas hacia la piscina. Todas cada vez más cerca del título de sirena, “corte a” la escenas de la carretilla con el pollo saltado más coquetón del cine. Es emocionante, cuando uno está inspirado hace cosas así y, en esa isla de montaje, se nota que así lo estuvieron.
El retrato de una sociedad marcada por mitos que, naturalmente, quizás guarden algún tipo de relación con otros tipos de fenómenos más estructurales tales como las desapariciones por la trata de personas, la violencia sexual, etc. Personajes llenos de humanidad, carísima, demonios. Punku es una exploración bien lograda cuyo mérito final, a mi parecer, será haber tocado a una próxima camada de cineastas peruanos.